Durante siglos hemos repetido la frase atribuida a Santo Tomás: “hasta no ver, no creer”. La conocemos como la expresión más directa de una confianza en los sentidos: creo en lo que percibo. Santo Tomás exigía ver a Cristo resucitado para poder creer en Él. Su actitud encarna una postura gnoseológica antigua pero persistente: que la evidencia sensorial basta para legitimar la verdad.
Hasta hace unas décadas, esta confianza parecía razonable. Si alguien afirmaba conocer a una celebridad y mostraba una fotografía con ella, pocos dudarían de la veracidad del encuentro. La imagen, como representación visual, tenía el poder de convertir lo dicho en creíble. Ver era creer.
Sin embargo, el avance de la inteligencia artificial, en particular la creación de deepfakes —imágenes y videos generados artificialmente con alta verosimilitud—, ha trastocado este principio. Hoy podemos dudar incluso de lo que nuestros ojos ven y nuestros oídos escuchan. Aunque la percepción sea correcta, el contenido puede ser falso. Se abre así una grieta en uno de los pilares tradicionales del conocimiento: la confianza en lo visible.
La pregunta entonces es inevitable: si ya no podemos confiar plenamente en lo que percibimos, ¿en qué vamos a creer?
Los nuevos (viejos) criterios de lo creíble
Para responder, propongo revisar ciertos criterios que históricamente han orientado nuestra confianza. Los llamaré, con algo de ironía, los usual suspects. No son nuevos: han acompañado al pensamiento humano desde siempre, pero adquieren un sentido renovado a la luz de nuestra época tecnológica.
Los criterios son cuatro: la autoridad, la coherencia, la funcionalidad y el éxito.
1. La autoridad
Confiamos en lo que proviene de una fuente reconocida como legítima: un sabio, un científico, una institución… o incluso una máquina. La autoridad puede ser humana o artificial; lo importante es que represente una figura de confianza.
Sin embargo, que alguien sea experto no garantiza que diga la verdad. La autoridad otorga credibilidad, pero no certeza. La historia está llena de errores respetablemente firmados.
2. La coherencia
También creemos en aquello que encaja con nuestras ideas previas. Si un hecho armoniza con la imagen que tenemos del mundo —o de alguien—, tendemos a considerarlo verdadero. La coherencia funciona como una red interna de creencias que da estabilidad a nuestra visión.
Pero la coherencia también puede ser engañosa: que algo suene creíble no significa que haya ocurrido. Como recordaba Borges, lo verosímil no es lo verdadero.
3. Lo que funciona
Otro criterio de confianza surge de la práctica: creemos en lo que “funciona”. En la ciencia, una hipótesis que produce resultados coherentes con sus predicciones gana legitimidad. En la vida cotidiana, también concedemos verdad a lo que tiene eficacia funcional.
No obstante, algo que funcione hoy puede dejar de hacerlo mañana. El azar, las circunstancias o la evolución de los contextos pueden desmentir lo que antes parecía estable. La funcionalidad brinda una verdad operativa, no definitiva.
4. El éxito
Muy cercana a la anterior, esta noción se basa en alcanzar un objetivo. Si algo logra su propósito, lo consideramos válido o “cierto”. Pero el éxito es voluble: cada día cambia de forma y de sentido. Hacer del éxito un criterio de verdad es confiar en un terreno movedizo.
Viejos problemas con nuevos nombres
Tras detenernos en estos cuatro criterios, comprendemos que las preguntas que hoy atribuimos a la inteligencia artificial no son totalmente nuevas. La posibilidad del engaño de los sentidos ha estado presente desde los albores del pensamiento filosófico —desde los escépticos griegos hasta Descartes—. La novedad no está tanto en el problema, sino en nuestra consciencia de él.
La inteligencia artificial actúa como un espejo que nos obliga a mirar de nuevo nuestras propias formas de creer. Nos muestra que, en realidad, siempre hemos confiado en sustitutos de la verdad absoluta: autoridad, coherencia, utilidad, éxito. Cada uno de ellos es un sendero parcial hacia lo creíble, no una fuente definitiva del saber.
Por eso, más que hablar de “verdad” en términos absolutos, conviene hablar de “lo verdadero”: aquello que, en un momento dado, nos parece digno de confianza.
Lo confiable como construcción
Cuando preguntamos qué es lo verdadero, quizás estamos formulando mal la pregunta. Tal vez deberíamos preguntar qué es lo confiable. No se trata tanto de una correspondencia entre nuestro juicio y una realidad externa, sino de aquello que consideramos digno de formar parte de nuestra realidad vivida. La confianza, no la evidencia, es el tejido invisible que sostiene nuestras verdades.
Un ejemplo cotidiano lo ilustra bien: creemos que Australia existe. Sin embargo, muy pocos podríamos demostrarlo por experiencia directa. Lo creemos porque confiamos en un entramado de autoridades, instituciones, saberes y consensos que nos lo aseguran. Vivir sin ese tipo de confianza sería imposible. Nuestras creencias, en definitiva, son una complicada mezcla de todos los criterios mencionados.
Conclusión: ética y reaprendizaje de la creencia
Los criterios que empleamos para definir lo creíble seguirán transformándose. Tal vez aparezcan nuevas combinaciones que redefinan la noción misma de verdad. En ese proceso, la inteligencia artificial tiene un papel crucial: nos recuerda que las preguntas fundamentales no desaparecen, solo se actualizan.
Cuando hablamos de ética de la inteligencia artificial, en el fondo estamos hablando simplemente de ética. La tecnología no crea nuevos dilemas morales tanto como ilumina los viejos, haciéndolos más visibles y urgentes. El aporte de la inteligencia artificial no está solo en lo que puede hacer, sino en lo que nos obliga a pensar.
